Hoy no sé cómo me siento. La vida es tan complicada a veces. Te haces mayor. Estás lejos, muy lejos de casa. En un país frío, lleno de viento y lluvia. Es la gente, la calidez humana. Es tu mirada, son tus ojos, es tu sonrisa la que me enamora. Es tu mirada, son tus ojos, es tu sonrisa la que echo de menos. Tu olor. Lo llevo conmigo. Pero ya no estoy segura, quiero pensar que sientes lo mismo, pero no estoy segura. Odio la distancia, odio pensar en que puede que vuelva y no estés. Odio imaginar que, tal vez, ya no es lo mismo. Lo odio. Me duele. No quiero curar antes de herirme, pero es el miedo el que habla. Miedo a perderte. Mira tú por dónde, ¿quién nos lo iba a decir? Lo nuestro es como un juego, un juego de niños, en el que un jugador mueve la ficha y espera, espera para ver cómo reacciona el adversario. Quiero mover ficha y decirte que, por primera vez en mi vida, he imaginado cómo podrían ser el resto de los días que me quedan en este mundo contigo a mi lado. Sonará a locura, a ridiculez... Lo sé. Pero párate a pensarlo... Y entiéndeme.
Y claro, todo esto son suposiciones, suposiciones en un día de octubre, entre sol y sombras, entre luz y oscuridad. Un día supuestamente feliz. Mientras tanto, esperaré a ver cómo reacciona mi adversario. Ese jugador de ese juego de niños, ese jugador que acapara todos mis pensamientos, todas mis sonrisas y todas mis lágrimas. Te espero.
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